
Hoy vamos a hablar de una fotógrafa muy polémica, no sólo por su técnica y su estilo, sino por su vida misma…con ustedes, Diane Arbus, cuyas fotografías están pobladas de personajes singulares, las cuales son invadidas por un morbo casi infantil y lo “poco común”, proporcionando al espectador partes de una realidad oculta. Diane Arbus fue a la cacería del lado oscuro de la vida, poblada de personajes humanamente monstruosos, como si fueran sacados de una pesadilla, pero desde una mirada sensible y sutíl.
Diane Nemerov nació el 14 de marzo de 1923 en Nueva York, formando parte de una adinerada familia judía, conformada por sus padres comerciantes (cuyo almacén quedaba en la Quinta Avenida) y por su hermano poeta Howard Nemerov. La pequeña Diane tuvo una infancia muy ostentosa, llena de lujos. Su biógrafa, Patricia Bosworth, asegura que fue una niña sobreprotegida y por esa razón ya adolescente quería conocer ambientes menos pulcros, lujosos y limpios como los de su casa. A pesar de su timidez compulsiva, logró exlorar aquellas partes turbias del mundo. Los pordioseros, los borrachos y los artistas callejeros llamaban poderosamente la atención de Diane, por lo que pasaba horas estudiando los movimientos de estos personajes, trasladándose con el metro de Nueva York (en muchas ocaciones fue acompañada por su amiga). Patricia Bosworth señala en la biografía que Diane se convirtió a sí misma en una exhibicionista. Se masturbaba con las ventanas abiertas, sabiendo que los vecinos la podrían descubrir.
La relación de Allan Arbus con Diane comenzó a sus 14 años de edad. A sus padres no les gustaba para nada esta relación. Un joven cuya mayor aspiración era ser actor, no les inspiraba mucha confianza. De todas formas aceptaron a Allan, pero sólo para complacer a su hija.
Contrajeron matrimonio cuando Diane cumplió los 18 años. Después de la boda el país entró en la segunda guerra mundial. Allan fue movilizado. Como se había iniciado en la fotografía en el ejército se le permitió especializarse y así se convirtió en fotógrafo de guerra. De vuelta a casa y con su aspiración de ser actor ya superada, ambos decidieron convertir la fotografía en un proyecto de vida.
La pareja comenzó realizando fotografías por encargo para el negocio de los padres de Diane. Poco a poco las fotografías tanto de Diane como las de su esposo fueron apareciendo en revistas importantes como Vogue, Harper’s Bazaar y Esquire.
En esa época el fotoperiodismo era una moda indiscutible, la foto era vista como una poética de la vida cotidiana. Los fotógrafos del momento eran Cartier-Bresson y Elliot Erwin. Además ya asomaban como jóvenes promesas Irving Penn y Richard Avedon; incluso Stanley Kubrick efectuaba sus primeros pasos como fotógrafo.
Diane y Allan tuvieron dos hijos, y aunque jamás les faltó trabajo, nunca tuvieron una economía domestica estable. El padre de Diane nunca los ayudó monetariamente, se hacía el desententido por completo.
Diane Arbus trataba de mantenerse en su eje, en los parámetros de madre normal, pero muy dentro suyo se encontraban depresiones y miedos. Su trabajo fotográfico para ese entonces era rutinario y sin ningún rasgo estético sobresaliente que la identifique y represente. Pero es en el año 1958 que su trabajo sufrirá un viraje radical a partir de su asistencia a las clases de Lisette Model.
Los paralelismos entre ambas fotógrafas son bastantes acentuados. Lisette Model era hija de padres ricos. Nació en Viena. Era judía. Vivió por un tiempo en París y luego emigró a los Estados Unidos huyendo de los alemanes. Fue una retratista de lo crudo. Plasmaba la pobreza, la miseria y la vejez con plana frialdad. Más que el impacto estético buscaba efectismo visual. Intentaba sacudir al espectador. Arbus fue una de sus alumnas más aplicadas y de seguro escuchó muchas veces la frase preferida de Model: “No pulsen el disparador hasta que el sujeto que enfocan les produzca un dolor en la boca del estómago”.
Mientras tanto, el matrimonio de Diane y Allan no marchaba muy bien, por lo que terminaron separándose en buenos términos. Esta crisis conyugal y su fuerte relación con Lisette Model convirtieron a Diane Arbus en esa cazadora de lo repulsivo y poco común de la sociedad. Andaba con su cámara como en un safari de personajes singulares, de seres extraños provistos de una belleza convulsa, de la que habló el sumo pontífice del surrealismo, André Bretón.
Diane Arbus comenzó a recorrer las calles más turbias de Nueva York con su cámara, sobre todo a altas horas de la noche. Esta experiencia fue la que marcó a la fotógrafa por el resto de sus días, cuyo método era ir al encuentro de lo grotesco, de lo bellamente horrible.
Su segundo paso fue entablar conversación con la fauna nocturna, con los marginados de la vida, con los personajes más exóticos que vagaban por los bares y los basureros. Diane conversaba largas horas con prostitutas y vagabundos. Les explicaba su pasión por la fotografía y luego los convencía para que se dejaran tomar una foto. Poco a poco fue conformando una galería de hombres, mujeres y niños dejados al margen del famoso “sueño americano”.
Eran fotos en blanco y negro que trabajan exhaustivamente la luz y las sombras, aunque los personajes retratados eran tan impactantes que el espectador se fijaba muy poco en la calidad de la imagen. Algo de morbo amarillista tenían estas fotos de Arbus. Sus modelos eran vagos, borrachos, fenómenos de circo, nudistas, prostitutas, travestis, pobres, retardados, gemelos, enanos, gigantes y locos, como el hombre de Oklahoma que se autoproclamaba como heredero supremo del trono del Imperio Bizantino. Diane Arbus explica un poco su relación con estos personajes: “Los monstruos eran una cuestión que yo fotografié mucho. Fue una de los primeros motivos que fotografié y poseía un tipo de excitación terrorífica para mí. Yo empecé como a quererlos. Todavía hoy aprecio y quiero a mucho de ellos. Yo realmente no quiero aseverar que ellos son en sí mis amigos, sino más bien que ellos me hicieron sentir una mezcla de vergüenza y temor. Hay una cantidad de leyenda sobre los monstruos. Todo para ellos sucede como en un cuento de hadas. Los monstruos nacieron con su trauma. Ellos ya han pasado su prueba en la vida. Ellos son aristócratas”.
La película de Tod Browning, Freaks, fue importante en su trabajo. Patricia Bosworth escribe: “Se llevó a Diane a ver Freaks, la película de Tod Browning, de 1932; Dan Talbot la había reestrenado en el New Yorker Theatre, del Upper West Side, que era de su propiedad. La película cautivó a Diane, porque los monstruos no eran imaginarios sino reales, y esos seres —enanos, idiotas, contrahechos— siempre habían sido para ella motivo de atracción, de reto y de terror, porque constituían un desafío a muchas convenciones. A veces, Diane pensaba que su terror estaba vinculado a algo que yacía en lo más profundo de su subconsciente. Cuando contemplaba el esqueleto humano o la mujer barbuda pensaba en un ser oscuro y antinatural que llevaba oculto dentro de sí misma. En su infancia le habían prohibido que mirara todo lo que fuera “anormal”: un albino con los ojos rosa a medio cerrar, un bebé con labio leporino o una mujer gorda como un globo debido a alguna misteriosa deficiencia glandular. Como se lo habían prohibido, Diane los miraba con más atención, y desarrolló una profunda simpatía por toda rareza humana. Esas criaturas extrañas habían tenido madres normales, pero habían salido del útero alterados por una misteriosa fuerza que no llegaba a comprender”.
Para retratar nudistas tuvo que visitar algunos campamentos que fueron un experimento de liberación sexual novedoso durante aquellos años. Ella cuenta más o menos así esta experiencia:
“Los campamentos nudistas eran un asunto nuevo para mí. He ido a tres de ellos en espacio de años. La primera vez fue en 1963.
Me quedé una semana entera y eso realmente me estremeció. Era el campamento más granado y por esa razón, por alguna razón, era también el más patético. Realmente estaba cayéndose en pedazos. El lugar era mohoso y el césped no estaba creciendo.
Siempre había querido ir pero mi ansiedad no me permitió atreverme. Recuerdo que para llegar al sitio me fue complicado. El director me encontró en la estación del autobús, porque yo no tenía un automóvil. Así que entré en su automóvil y recuerdo que estaba muy nerviosa. Él dijo: ‘Espero logre comprender que usted ha venido a un campamento nudista’. Le aseguré que lo entendía perfectamente. Así que nosotros estábamos allí de mutuo acuerdo. Y entonces él me dio este discurso: ‘Usted encontrará que el tono moral aquí es más alto que el existente en el mundo externo. La razón para esto tenía que ver con el hecho de que el cuerpo humano realmente no es tan bonito y cuando usted lo mira el misterio se lleva en el interior’. Realmente todo aquello me produjo asombro. Recuerdo que el primer hombre desnudo que observé estaba cortando el césped tan tranquilo”.
En el año 1967 se inauguró la muestra “New Sensations” y los retratos de freaks tomados por Diane provocaron distintas reacciones en el públco. Algunos rechazaron las fotografías de manera rotunda, según ellos por un tono decadente y de muy mal gusto. En cambio los espectadores más atentos saben que se encuentran ante una fotógrafa inusual.
Diane Arbus se convirtió en una fotógrafa de culto y su trabajo era respetado y admirado por fotógrafos como Avedon y Walter Evans.
Pero su vida se transformó como la de sus personajes. Vestía de manera descuidada y en ocasiones hasta lamentable. Duraba semanas vistiendo la misma ropa. Su vida sexual era agitada y promiscua, tanto con hombres como mujeres. Hasta aseguraba que en algunas ocaciones tuvo sexo con muchos de los monstruos a los cuales retrató. Fue especialista en fotografiar orgías.Sus depresiones se hicieron cada vez más frecuentes. A pesar de que su reputación de artista siempre fue ascendente, su situación económica fue precaria. La razón era que recibía contados encargos y muchas de sus fotos, donde dejaba el alma, despertaban todas las admiraciones posibles, pero las revistas tenían cierto miedo en publicarlas.
El 27 de julio de 1971 Diane Arbus se quitó la vida cortándose las venas. Además presentaba los síntomas característicos de una sobredosis de pastillas para dormir.
La enciclopedia de fotografía americana informa que en el año 1972 Arbus vendió más de cien mil copias de sus fotografías. Este dato muestra que para el sueño americano el arte válido es aquel que se cotiza bien el mercado. Diane Arbus fue una fotógrafa de los extremos; los seres que retrató estaban empañados de una belleza frenética y excéntrica. Sus fotos en alguna medida fueron ese espejo donde pudo reflejar y dar a conocer esa monstruosidad que en algunos vive muy bien guardada y en otros escapa a la superficie como una extraña metáfora.
Diane Arbus dijo: “Una fotografía es un secreto sobre otro, cuanto más te dice menos sabes.”